I Capítulo: La Partida

En vísperas de la navidad, la soledad y un vacío interior son mis principales compañeros. Una semana atrás y de manera arrogante podía jactarme de poseer una de las mayores riquezas que un ser humano podía tener. Una familia, un hogar, una esposa y dos maravillosos hijos. Siendo mi esposa una gran mujer recién jubilada y amante de los que haceres del hogar. Pao, una hermosa niña, con una fuerza y determinación envidiable y por su puesto Emi, un gran fortachón, hermoso varón, con habilidades sorprendentes, como resolver en segundos un cubo de rubik, así como hacer hazañas físicas como la calistenia; siendo ambos muy inteligentes, respetuosos y educados, entre muchas otras virtudes. Como padre me he considerado muy exigente en el cumplimiento de los deberes y sobre todo, demandante del respeto hacia las personas mayores, en especial a sus abuelos, grandes y maravillosas personas, por cierto. Sin embargo, mis altos niveles de exigencia para con ellos, las presiones económicas que vivimos la mayoría de los profesionales en Venezuela, mis propias frustraciones y muy probablemente un bajo autoestima, permearon negativamente sobre mi y yo, erraticamente proyecté inadecuadamente estos factores, haciéndolos retroceder y por ende abandonarme. En esa semana, me entero que mi hijo, no deseaba pedir más la tradicional bendición (ya tenía más de 2 meses en ello). Para los que no sepan; es una modalidad de saludo exclusivamente a padres, tíos y abuelos, cuya respuesta es: "dios te bendiga". Las razones dadas por mi hijo, era que era ateo y no creía en ninguna religión. En lo personal, yo también soy medio ateo a pesar de haber cumplido con cada uno de los preceptos católicos, soy poco o casi nada creyente. Cosa que no me limita a pedir la bendición hasta a personas no familiares, pero que con sus valores y principios me invitan a hacerlo por el significado de respecto, que en el imaginario colectivo esto representa. En tal sentido, intenté presionar a mi hijo con muchas cosas, desde materiales, hasta poner en duda la entrada a vuestra casa (cosa que en mi mente y corazón jamás podría pasar). Presioné de igual manera a mi esposa para que el muchacho no dejara de pedir la bendición, la condicioné, hasta con separarme de ella, llenándola de angustia, tristeza y desesperación, pensando y/o creyendo, que iban a sumirse ante este vil chantaje (por que ahora que reflexiono de las consecuencias y es que evidencio mi mala, muy mala actuación). Puesto yo creía que mi hijo estaba en un estado de rebeldía, y que probablemente, si dejaba pasar esto tonto, las consecuencias pudieran ser aun mayores durante el resto de su etapa como adolescente. Craso, craso error. Esto anterior, sumado al uso indebido del lenguaje, a las criticas y hasta vejámenes, hizo empujarlos a alejarse de mi. Gracias a Dios, el apoyo incondicional de sus abuelos materno favorecieron la transición. Ayer tuve la dicha de verlos, después de unos tres días, les brindé unas merengadas, los llevé al cine y caminamos un poco, pero lo mejor fue verlos contentos, abrazándose, riéndose y compartiendo entre ellos. Eso me hizo entender lo tóxico en que me había convertido y lo dañino que podría ser en el desarrollo de mis hijos y por su puesto mi vida en pareja. Tal vez, parte del éxito que han tenido y muchas de las cualidades se deban a mi, a mis exigencias y mi dizque "autoridad". Ojo con esto, no es que diga que no tengan de mi esposa, por el contrario, la mayor parte del tiempo están con ella, por lo que la mayoría de sus calidades sin duda alguna son aprendizaje directo de su actuar, de sus consejos, de sus regaños. Ahora bien, es tiempo de avanzar y de construir, de reparar lo dañado. Quizás, en sus mentes y corazones habrán cosas que quedarán como cicatrices, sin embargo, espero "Dios" me ilumine, me de la sabiduría para aprender de mis errores y a través de mis virtudes garantizar el futuro, el éxito, la prosperidad, la riqueza y abundancia para mis seres más amados. Los amo hijos, te amo mi vida, gracias suegros.

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